Yo lo miraba… y puedo jurar que no me quedaban ganas de mirar a nadie más. En ese preciso momento comprendí que los ojos, siempre, siempre; le pertenecen a la persona que los hace brillar.
Espera
Toda la noche le esperó, con el corazón prensado en los durmientes, en el sobresalto que vendrá a ser la memoria. Los silbatos estriaban la madrugada, entre la neblina él y el cansancio de los extranjeros. Nunca volví. Suspendido en el brillo de los ojos, quieto desde la estación de San Bernardo, observo los trenes que llegaban, de donde nunca partió mi regreso.
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