Después de hablar por varios días, primero de forma intermitente y al final de forma compulsiva, reunió el valor para invitarme a salir, mi respuesta parecía haber acampado en la punta de la lengua esperando el momento oportuno de su pregunta.
Llegué nerviosa y verle fue como salir de un día nublado al encuentro del sol radiante. Si hubiera escalado el Everest no hubiera sentido lo mismo al llegar a la cima que lo que sentí al saludarlo ese día. ¿Cómo explicarlo?
—No le conocí —pensé sin poder dejar de sonreír ni de temblar mientras me daba ese primer beso en el cine —, le reconocí. Llevo años soñando con usted.
No fue producto del enamoramiento, ni palabras que dicen uno para quedar bien, era tan cierto como que el sol sale todos los días. Es la única forma de explicarlo, la única forma de transmitir, a través de un razonamiento lógico, lo abrumador que era el amor que sentía por, para y hacia él.
Espera
Toda la noche le esperó, con el corazón prensado en los durmientes, en el sobresalto que vendrá a ser la memoria. Los silbatos estriaban la madrugada, entre la neblina él y el cansancio de los extranjeros. Nunca volví. Suspendido en el brillo de los ojos, quieto desde la estación de San Bernardo, observo los trenes que llegaban, de donde nunca partió mi regreso.
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