A veces me entra la imperiosa necesidad de saber que a usted le habito, que me lleva consigo sin sentir ningún peso, que va por la calle o en el trabajo y de repente le sonríe a un recuerdo nuestro.
Espera
Toda la noche le esperó, con el corazón prensado en los durmientes, en el sobresalto que vendrá a ser la memoria. Los silbatos estriaban la madrugada, entre la neblina él y el cansancio de los extranjeros. Nunca volví. Suspendido en el brillo de los ojos, quieto desde la estación de San Bernardo, observo los trenes que llegaban, de donde nunca partió mi regreso.
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