Yo amo, con perdón.
Amo por encima de todas las cosas, que es, permítanme que les diga, de la única forma en que se puede amar.
Comparto su sudor y asciendo en su alegría de peldaño en peldaño.
Es decir: de dos en dos.
¿Saben qué?
Yo tampoco creía en la magia hasta que le vi.
A él.
Irradiándola, desprendiéndola, descontrolando el tiempo y cargándose con un gesto cualquier rutina impuesta, criando una primavera en cada estación.
Solo querría decirles eso.
Decirles: yo encontré un reino y lo llamé hogar.
Y fue tan inmenso como el más pequeño de los detalles.
Una barbaridad.
Así debía de ser mi cuento.
Espera
Toda la noche le esperó, con el corazón prensado en los durmientes, en el sobresalto que vendrá a ser la memoria. Los silbatos estriaban la madrugada, entre la neblina él y el cansancio de los extranjeros. Nunca volví. Suspendido en el brillo de los ojos, quieto desde la estación de San Bernardo, observo los trenes que llegaban, de donde nunca partió mi regreso.
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