Finalmente, después de leer textos y textos, pasear entre danza y danza de palabras, dí cuenta de que cuando escribimos sobre alguien, de alguna forma nos adueñamos de él. Tergiversamos la persona, la achicamos, la agrandamos, le colocamos una lupa en frente, la amasamos hasta que se convierta en lo que buscamos, lo que esperamos que sea. Luego de eso, aquello que se encuentra en el texto se convierte en un mero personaje, ya no más una persona.
Espera
Toda la noche le esperó, con el corazón prensado en los durmientes, en el sobresalto que vendrá a ser la memoria. Los silbatos estriaban la madrugada, entre la neblina él y el cansancio de los extranjeros. Nunca volví. Suspendido en el brillo de los ojos, quieto desde la estación de San Bernardo, observo los trenes que llegaban, de donde nunca partió mi regreso.
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